'Mal día para pescar': soy un truhán, soy un señor.
A veces no tenemos nuestro día. Puede ser algo que hagamos todos los días, y que nos sintamos tan seguros desempeñándolo que podríamos hacerlo con los ojos cerrados. Es una cuestión mecánica, de rutina. Pero a veces, la Ley de Murphy se eleva a la enésima potencia y nos hace la puñeta. Y nos hace sentir tan frágiles que hipotecamos nuestro pasado y nuestro futuro a la vez tan sólo por miedo. Por incertidumbre.
Y esto alcanza todavía más importancia si eres un timador “profesional”, y vas de pueblo en pueblo junto con una vieja gloria de lucha libre, ganando combates amañados. Eres un aristócrata venido a menos, una suerte de dandy liberado en un submundo tabernario, decadente y arrabalero, reconvertido en un mánager rufián, que necesitas equilibrar a tu mentalmente inestable ex-campeón de lucha libre alemán, que en el fondo es el sustento de tu negocio. Y alimentas las ilusiones de los embaucables e impresionables habitantes de los pueblos que visitas, desafiándolos a que se animen a combatir contra tu representado, “comprando” su vida por 1000 dólares, que sólo recibirán si lo vencen, que hasta ahora nunca ha sucedido. Hasta ahora.
Al llegar a Santa María, todo será diferente. No te habrás encontrado con alguien tan obstinado (Antonella) en convencerte de que tiene un luchador fornido que puede vencer a tu vieja gloria, en baja forma y enfermo. Te sentirás acorralado cuando no lo tengas todo atado, cuando veas que el azar puede ser más fuerte que el engaño, cuando la sorpesa te la pueden dar a ti. Y las dudas te asaltan, planteándote que una fuga a tiempo siempre es mejor que una derrota. Y aunque estés acostumbrado a hacer castillos en el aire, y te sientas cómodo camelando a todo el que se te ponga por delante, desearías haberte saltado esta etapa en tu camino. Porque en este caso, hasta tu mitad inseparable no está de tu lado.
En el fondo, ésta es la historia del Príncipe Orsini (Gary Piquer) y Jacob van Oppen (Juoko Ahola), cuya relación simbiótica es el centro neurálgico de una película que se recrea en un ambiente decadente dónde los perdedores buscan esa gloria perdida que tan lejana queda. Prefieren creerse su propia farsa que reconocer su fracaso -que en el fondo inunda toda la película-, demostrando su lealtad y seguir subsistiendo en un mundo fantasioso y sórdido, digno del cine negro, a medio camino entre los personajes quijotescos y el sentido del honor, la dignidad y del orgullo propio de los western.
Altamente recomendable. Un gran debut como director de Álvaro Brechner, que tiene entre sus aciertos la complementariedad de los protagonistas, la ambientación, el ritmo narrativo y el desarrollo de la historia, mezclando la iconografía rural de su Uruguay natal (al que representará como candidato al Oscar a mejor película de habla no inglesa) con la sensación de una road movie taciturna, tabernaria, digna de carreteras secundarias, ésas donde habitualmente los diálogos trascendentes navegan por ambientes deprimentes.
Por cierto, también formó parte del programa de Cineuropa 09. Y ahora ha llegado a los cines comerciales.










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